Tema 1

Llamados a ser misioneros de Jesús y de buenas noticias

 

Hay una significativa presencia, valoración y difusión de la Palabra de Dios en la familia, en los movimientos apostólicos, en las pequeñas comunidades y grupos, especialmente en el ámbito rural.

Existe un esfuerzo de renovación de la vida parroquial en un buen número de comunidades (DA 99 e). Se da una mayor concentración de población en las grandes ciudades, la cual no siempre cuenta con acompañamiento pastoral por parte de la Iglesia.

Se manifiesta, como reacción al materialismo, una búsqueda de espiritualidad, de oración y de mística que expresa el hambre y sed de Dios. Aunque, a veces, se vive y expresa de forma individualista (DA 99 g). Constatamos el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades  en las diversas estructuras del orden temporal. Verificamos, así mismo, una mentalidad relativista en lo ético y religioso y, en ocasiones, una limitada comprensión del carácter secular que constituye la identidad propia y específica de los fieles laicos (DA 100 c).

Ante estas y otras realidades que son de nuestro dominio, trataremos de desarrollar la invitación que nos hace el Señor  a participar en su proyecto de vida; la profundizaremos desde la Palabra de Dios y el documento de Aparecida; y, concluiremos con una aplicación pastoral para nuestra vida y apostolado.

1. La llamada y la elección

¡Somos llamados a la vida! por inescrutable designio de Dios. Él nos ha elegido desde siempre con una dignación de amor para ser partícipes de Dios mismo, para ser uno con Jesús; tenemos una vocación a la vida y a la existencia. Por nuestro bautismo, vida consagrada o ministerio, Dios, en su amor de Padre, nos ha dado desde siempre una vocación de consagración.

Toda vocación nace, crece y madura en el seno de una familia cristiana, en ella aprendemos a orar, a amar a Dios, a vivir la caridad y a compartir.

La identidad nos viene de la llamada y de la misión, que tiene como base nuestro contexto personal, familiar, social y cultural. Por la misión, a la que hemos sido convocados, sabemos quiénes somos. Soy este hombre, esta mujer, enraizado en Dios, en su vida y en Jesucristo.

Desde esta perspectiva, “Jesús propone entregar la vida para ganarla, porque “quien aprecie su vida terrena, la perderá” (Jn 12, 25). Es propio del discípulo de Cristo gastar su vida como sal de la tierra y luz del mundo.

Jesús nos convoca a vivir y caminar juntos, en comunión fraterna. No hay discipulado sin comunión con la Iglesia. Ante la tentación, presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia, y la búsqueda de nuevas formas individuales de espiritualidad, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión (DA 156). Ante la despersonalización, Jesús ayuda a construir identidades integradas” (DA 110). “La propia vocación, la propia libertad y la propia originalidad son de  dones de Dios para la plenitud y el servicio del mundo” (DA 111).

2. Reflexión desde la Palabra de Dios y desde Aparecida

a.- Experiencia y encuentro con Jesús

La fuerza y alegría de nuestra vocación viene del encuentro personal con Jesús y de haber experimentado su amor. Ser discípulos misioneros, ser vocación y misión, son una sola cosa con la vida y con la persona que somos por designio amoroso de Dios.

La maravilla de la amistad comienza por la llamada de Jesús que nos encuentra en lo que hacemos pero, sobre todo, en los que somos y, esta llamada nos cautiva. El llamamiento de Jesús conlleva una gran novedad. El encuentro con Jesús, comenzó con una pregunta: ¿Qué buscan? (Jn 1, 38) y, siguió con una invitación: “Vengan y vean” (Jn 1, 39). Invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (Jn 15, 5-15) y, sólo Él tiene palabras de vida eterna  (Jn 6, 68).

En la convivencia cotidiana con Jesús, los discípulos descubren que no fueron ellos los que escogieron a su maestro, fue Cristo quien los eligió. Que no fueron convocados para algo, sino para Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a su Persona (Mc 1, 17; 2, 14). Jesús los eligió para “que estuvieran con Él y enviarlos a predicar” (Mc 3, 14), para que lo siguieran con la finalidad de “ser de Él” y formar parte “de los suyos” y participar de su misión.

El discípulo experimenta que la vinculación íntima con Jesús en el grupo de los suyos es participación en la Vida que sale de las entrañas del Padre, es formarse para asumir su mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones (Lc 6, 40b), correr su misma suerte, y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas las cosas” (DA 131).

El encuentro con Jesucristo nos lleva a una profunda experiencia de Dios, que es unidad, amor y comunión inseparable, es decir, Uno y Trino. Que nos creó por amor y siempre buscó a sus criaturas para darles vida y amor, entregando a su Hijo como don de amor, para que renovados por la fuerza del Espíritu, lo podamos llamar Padre (Gál 4, 4-5). Nos vemos reflejados en Pedro, en Natanael, en Andrés, en Magdalena, en la Samaritana. Nos lleva a exclamar: Tú tienes palabras de vida eterna, tú has tocado lo mejor mío y me has dejado sin palabra. Eso era lo que deseaba.

Hoy hacemos la misma pregunta: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38), ¿dónde te encontramos para poder comenzar el proceso de conversión, comunión y solidaridad? ¿Cuáles son los lugares, las personas y los signos que nos hablan de ti y nos permiten ser discípulos y misioneros tuyos?.

b.- Identificados y configurados con el Maestro

La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión de toda su persona al saber que Cristo lo llama por su nombre (Jn 10, 3). Es un “sí” que compromete radicalmente la libertad del discípulo a entregarse a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6). Es una respuesta de amor a quien nos amó primero “hasta el extremo” (Jn 13, 1). Llamados a ser partícipes de su vida y misión hasta ser uno con El (Gál 2, 20).  En este amor de Jesús madura la respuesta del discípulo: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57) (DA 136).

“Identificarse con Jesucristo es también compartir su destino: “Donde yo esté estará también el que me sirve” (Jn 12, 26). El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mc 8, 34).

Nos alienta el testimonio de tantos misioneros y mártires de ayer y de hoy en nuestros pueblos que han llegado a compartir la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida. El Espíritu nos constituye en luz del mundo, testigos y presencia de Jesús con la propia vida (DA 140; 16).

c.- Nos anima y confirma en la misión

Ya estamos caminando con él, llevamos mucho tiempo, se siente el polvo del camino, lo arduo de la cruz. Pero nos lleva consigo a lo solitario y se nos manifiesta en toda su belleza, nos enamora con el esplendor de su rostro, la fidelidad de su corazón y nos fortalece para la cruz, para la pasión (Lc 9, 28-35).

Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (Mt 28, 19; Lc 24, 46-48). Les entrega la paz, el Espíritu y la misión: “Como el Padre me envió, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo (Jn 20, 21-22). “Vayan por todo el mundo a proclamar la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15). “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Pone fuego de misión y decimos “¿no ardía nuestro corazón cuando nos hablaba por el camino y nos fascinó con su amor? (Lc 24, 32). Pone a nuestra disposición el Reino del Padre: “Ustedes son los que han perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para ustedes, como mi Padre lo dispuso para mí, para que coman y beban a mi mesa en mi Reino y se sienten sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Lc 22, 28-30).

Nos invita a decirle que le amamos: Nos pregunta: “¿Me amas?”. Se nos ha pegado el polvo del camino y anhelamos responderle: “Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21, 17). Y él nos dice “pastorea, sirve a mis hermanos”, anda confirma en la fe a tus hermanos, es tu misión, anuncia el amor y la buena noticia del evangelio.

Por esto, todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano. De esta manera, como Él es testigo del misterio del Padre, así los discípulos son testigos de la muerte y resurrección del Señor hasta que Él vuelva. Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma” (DA 144).

En amistad y seguimiento siempre necesitamos “recomenzar desde Cristo”. Vivir el encuentro como un acontecimiento fundante y vivificante con la persona de Jesús que da un nuevo horizonte y una orientación decisiva (DA 12-13).

“Cuando crece la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro. La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo” (Hch 1, 8) (DA 145).

La respuesta a su llamada da pasión e inmediatez de Samaritano. “nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que come con publicanos y pecadores (Lc 5, 29-32), que acoge a los pequeños y a los niños (Mc 10, 13-16), que sana a los leprosos (Mc 1, 40-45), que perdona y libera a la mujer pecadora (Lc 7, 36-49; Jn 8, 1-11), que habla con la Samaritana (Jn 4, 1-26)” (DA 135).

3. Aplicación pastoral

El texto destaca algunos elementos o aspectos que resalta Aparecida: la experiencia con el Resucitado, el estudio bíblico, el servicio solidario, la profunda experiencia sacramental y la disponibilidad misionera.

Este proceso formativo nos debe llevar a una respuesta activa: compartir la experiencia de Jesús, nuestro encuentro con Él, haciéndolo “buena noticia” para los demás.  

Aparecida nos ofrece pistas concretas para hacer realidad nuestra condición de discípulos misioneros:

Como discípulos y misioneros estamos llamados a intensificar nuestra respuesta de fe y a anunciar que Cristo ha redimido todos los pecados y males de la humanidad y que acoge con amor profundo a los excluidos: publicanos y pecadores (Lc 5, 29-32; 7, 36-49), los pequeños y los niños (Mc 10, 13-16), los leprosos (Mc 1, 40-45).

El Espíritu Santo nos enseña a renunciar a nuestros egoísmos y ambiciones, y nos identifica con el Señor de la Vida, permitiéndonos abrazar su plan de amor, para que “tengamos vida en Él”. Esto nos exige asumir la centralidad del mandamiento del amor: “Ámense los unos a los otros, como yo los amo” (Jn 15, 12). Este amor, distintivo de cada cristiano, es la característica de la Iglesia, cuyo testimonio de caridad será el principal anuncio, “en esto reconocerán todos que son discípulos míos” (Jn 13, 35).

Identificarse con Jesucristo exige compartir su destino, corriendo la misma suerte del Señor (Mc 8, 34), para alcanzar el premio prometido: “Donde yo esté estará el que me sirve” (Jn 12, 26).

“El discípulo, fundamentado en la roca de la Palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvación a sus hermanos. Discipulado y misión son dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él salva (Hech 4, 12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro” (Benedicto XVI).

 

Para trabajar en grupos:

*  ¿Qué estilo de vida requiere la identificación con Jesús en el Ministerio o en la Vida Consagrada?

*  ¿Qué espiritualidad debe sustentar nuestra vida y testimonio de discípulos misioneros hoy en el país?

*  ¿Qué aspectos de la espiritualidad del Buen Samaritano debemos asumirlos con urgencia hoy?


Lectio Divina

2 Tim 1, 6-12

(Textos de apoyo Ef 1, 3-14; Col 1, 12-20)

Pablo recuerda a Timoteo que para dar testimonio de Cristo debe ser fuerte en la fe y caritativo con los hermanos.

1. Lectura: ¿Qué dice el texto?

* ¿Qué debe tener en cuenta el verdadero apóstol de Cristo?

* ¿Cómo reavivan el carisma los discípulos de Jesús según Pablo?

* ¿Qué sentido le da Pablo al sufrimiento?

El texto recuerda el momento de la imposición de las manos por la que le fue transmitida la autoridad apostólica, es decir el don del Espíritu para dirigir a la comunidad con valentía y dar testimonio de la buena noticia. Reafirma la fortaleza frente a las dificultades, el amor que le impulsará a una entrega total al Señor y al bien de los hombres y la prudencia para gobernar la Iglesia.

Timoteo, como toda la Iglesia, debe mantenerse fiel a las enseñanzas del Apóstol que son las del Señor. En los versículos centrales (v. 9-10) ofrece los motivos de la fidelidad al evangelio: salvados gratuitamente por Dios y no por nuestras obras; llamados a la santidad con una vocación santa; designio salvífico de Dios, que se ha manifestado por Jesucristo. La enseñanza de la carta sigue a San Pablo y la actualiza conforme a las exigencias del momento.

2. Meditación: ¿Qué me dice el texto?

*  ¿Cuál es el carisma que he recibido de Dios?

*  ¿Cómo puedo reavivar el carisma para ser mejor apóstol de Cristo hoy?

*  ¿Qué sufrimientos me pide Cristo que soporte por Él?

3. Oración: ¿Qué le digo a Dios?

Hagamos oraciones espontáneas pidiéndole a Cristo que nos haga fieles testimonios de Cristo en el mundo de hoy.

4. Contemplación: ¿Cuáles son mis compromisos?

Me siento impulsado a… dejarme llevar a dónde me lleve el Espíritu y mi corazón.