Tema 2

 
 

Enviados a un mundo en cambio y pluricultural

 

 

 

La fe en Dios amor y la tradición católica en la vida y cultura de nuestros pueblos son sus mayores riquezas (DA 7).

 
 

La tradición católica es un cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad en América Latina y El Caribe: una realidad histórico-cultural, marcada por el evangelio de Cristo, realidad en la que abunda el pecado -descuido de Dios, conductas viciosas, opresión, violencia, ingratitudes y miserias- pero donde sobreabunda la gracia de la victoria pascual (DA 8).

 
 

En ella se abre paso un nuevo periodo de la historia con desafíos y exigencias, caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por nuevas turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una cultura lejana y hostil a la tradición cristiana, por la emergencia de variadas ofertas religiosas, que tratan de responder, a su manera, a la sed de Dios que manifiestan nuestros pueblos (DA 10).

 
 

La novedad de estos cambios, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero. La historia se ha acelerado y los cambios mismos se vuelven vertiginosos (DA 34), trayendo consecuencias en todos los ámbitos de la vida social, impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión (DA 35).

 
 

Nuestras tradiciones culturales ya no se transmiten de una generación a otra con la misma fluidez que en el pasado. Ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo de cada cultura, constituido por la experiencia religiosa, que resulta difícil de transmitir a través de la educación y de la belleza de las expresiones culturales, alcanzando la misma familia que había sido uno de los vehículos más importantes de la transmisión de la fe (DA 39).

 
 

Existen en nuestra región diversas culturas indígenas, afroamericanas, mestizas, campesinas, urbanas y suburbanas (DA 53) que coexisten en condiciones desiguales con la llamada cultura globalizada. Ellas exigen reconocimiento y ofrecen valores que constituyen una respuesta a los anti-valores de la cultura que se impone a través de los medios de comunicación de masas (DA 57).

 
 

Se verifica a nivel masivo, una especie de nueva colonización por la imposición de culturas artificiales, despreciando las culturas locales y tendiendo a imponer una cultura homogeneizada en todos los sectores con una tendencia hacia la afirmación exasperada de derechos individuales y subjetivos (DA 46-47).

 
 

En medio de la realidad de cambio cultural, emergen nuevos sujetos, con nuevos estilos de vida, maneras de pensar, de sentir, de percibir y con nuevas formas de relacionarse. Son productores y actores de la nueva cultura (DA 51).

 
 

Con la presencia más protagónica de la Sociedad Civil y la irrupción de nuevos actores sociales, como son los indígenas, los afroamericanos, las mujeres, los profesionales, una extendida clase media y los sectores marginados organizados, se está fortaleciendo la democracia participativa, y se están creando mayores espacios de participación política. Estos grupos están tomando conciencia del poder que tienen entre manos y de la posibilidad de generar cambios importantes para el logro de políticas públicas más justas, que reviertan su situación de exclusión (DA 75).

 
 

La cultura actual tiende a proponer estilos de ser y de vivir contrarios a la naturaleza y dignidad del ser humano (DA 387).

 
 

1. La realidad nos interpela

 
 

Acogemos la realidad entera del Continente como don: la belleza y fecundidad de sus tierras, la riqueza de humanidad que se expresa en las personas, familias, pueblos y culturas del Continente (DA 6).

 
 

Sin embargo, ante ella, nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo de ser católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo. Esto requiere, una evangelización más misionera (DA 13).

 
 

Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo (DA 14).

 
 

Como “discípulos misioneros” de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los “signos de los tiempos”, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y “para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10) (DA 33). El envío que Dios nos hace nos exige una encarnación concreta y amorosa en la realidad en la cual nos ha llamado a vivir. Es un mundo que Él ama (Jn 3, 16) y quiere salvar.

 
 

No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias (DA 14).

 
 

No teman, nos dijo el Papa Benedicto en Aparecida, abran las puertas a Cristo (DA 15); la fe, la esperanza y el amor recibidos de Cristo, renuevan la vida de las personas y transforman las culturas de los pueblos.

 
 

Esto nos ha enseñado a mirar la realidad con más humildad, sabiendo que ella es más grande y compleja que las simplificaciones con que solíamos verla y que, en muchos casos, introdujeron conflictos en la sociedad, dejando muchas heridas que aún no logran cicatrizar (DA 36).

 
 

Al mirar la realidad de nuestros pueblos y de nuestra Iglesia, con sus valores, sus limitaciones, sus angustias y esperanzas, mientras sufrimos y nos alegramos, permanecemos en el amor de Cristo. Viendo nuestro mundo, tratamos de discernir sus caminos con la gozosa esperanza y la indecible gratitud de creer en Jesucristo (DA 22).

 
 

Destacamos algunos aspectos que nos desafían:

 
 

La falta de respeto a la vida, con la imposición de la cultura de la muerte (aborto, eutanasia, reproducción asistida, métodos anticonceptivos, guerra, violencia, inseguridad.

 

La descomposición familiar: migración, divorcio, uniones libres no estables, juventud sin metas, etc.

 

La destrucción del medio ambiente.

 

El relativismo en todos los ámbitos (pérdida de ética y moral).

 

El secularismo (ausencia de Dios en nuestras vidas).

 
 

2. Reflexión desde la Palabra de Dios y desde Aparecida

 
 

a.- Época de cambios globales

 
 

Vivimos en una realidad que se ha vuelto para el ser humano cada vez más opaca y compleja (DA 36). Se trata de una realidad marcada por grandes cambios que afectan profundamente la  vida de nuestros pueblos. Cambios que tienen un alcance global que, con diferencias y matices afectan al mundo entero (DA 33).

 
 

Un factor determinante de estos cambios es la ciencia y la tecnología, con su capacidad de crear una red de comunicaciones de alcance mundial, tanto pública como privada, para interactuar con simultaneidad, no obstante las distancias geográficas. La historia se ha acelerado y los cambios mismos se vuelven vertiginosos (DA 34), trayendo consecuencias en todos los ámbitos de la vida social, impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión (DA 35).

 
 

Vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios; aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo… Quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas (DA 44).

 
 

Como discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los “signos de los tiempos”, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y “para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10) (DA 33).

 
 

b.- Realidad pluricultural

 
 

La variedad y riqueza de las culturas latinoamericanas, desde aquellas más originarias hasta aquellas que, con el paso de la historia y el mestizaje de sus pueblos, se han ido sedimentando las familias, los grupos sociales, las instituciones educativas y la convivencia cívica, constituye un dato bastante evidente para nosotros y que valoramos como una singular riqueza (DA 43). 

 
 

Existen en nuestra región diversas culturas indígenas, afroamericanas, mestizas, campesinas, urbanas y suburbanas (DA 53) que coexisten en condiciones desiguales con la llamada cultura globalizada. Ellas exigen reconocimiento y ofrecen valores que constituyen una respuesta a los anti-valores de la cultura que se impone a través de los medios de comunicación de masas (DA 57).

 
 

Las culturas indígenas se caracterizan, sobre todo, por su apego profundo a la tierra y por la vida comunitaria. Las afroamericanas se caracterizan, entre otros elementos, por la expresividad corporal, el arraigo familiar y el sentido de Dios. La cultura campesina está referida al ciclo agrario. La cultura mestiza ha buscado en medio de contradicciones sintetizar a lo largo de la historia estas múltiples fuentes culturales originarias, facilitando el diálogo de las respectivas cosmovisiones y permitiendo su convergencia en una historia compartida. A esta complejidad cultural habría que añadir también la de tantos inmigrantes de todos lados que se establecieron en los países de nuestra región. (DA 43).

 
 

La ciudad se ha convertido en el lugar propio de nuevas culturas que se están gestando e imponiendo con un nuevo lenguaje y una nueva simbología. Esta mentalidad urbana se extiende también al mismo mundo rural (DA 510).

 
 

3. Aplicación pastoral

 
 

El encuentro de la fe con las culturas las purifica, permite que desarrollen sus virtualidades, las enriquece (DI 1). Pues todas ellas buscan en última instancia la verdad, que es Cristo (Jn 14, 6).

 
 

Nos acercamos a este mundo con la mirada de “discípulos misioneros” que sienten la responsabilidad y la alegría de descubrir las interpelaciones que Dios nos hace, desde esta realidad, a nuestra vida personal y a nuestra praxis pastoral; es decir, desde la perspectiva de los pobres, al estilo de Jesús, acompañados/as, como los primeros discípulos, por la presencia materna de María.

 
 

La Iglesia mira positivamente y con verdadera empatía las distintas formas de cultura presentes en nuestro continente. La fe sólo es adecuadamente profesada, entendida y vivida, cuando penetra profundamente en el substrato cultural de un pueblo. De este modo, aparece toda la importancia de la cultura para la evangelización. Pues la salvación aportada por Jesucristo debe ser luz y fuerza para todos los anhelos, las situaciones gozosas o sufridas, las cuestiones presentes en las culturas respectivas de los pueblos.

 
 

Como discípulos de Jesucristo, encarnado en la vida de todos los pueblos descubrimos y reconocemos desde la fe las “semillas del Verbo” presentes en las tradiciones y culturas de los pueblos indígenas de América Latina. De ellos valoramos su profundo aprecio comunitario  por la vida, presente en toda la creación, en la existencia cotidiana y en la experiencia religiosa que dinamiza sus culturas (DA 4; 529).

 
 

La Iglesia defiende los auténticos valores culturales de todos los pueblos, especialmente de los oprimidos, indefensos y marginados, ante la fuerza arrolladora de las estructuras de pecado, manifiestas en la sociedad moderna (DA 532). Denuncia la práctica de la discriminación y del racismo en sus diferentes expresiones pues ofende en lo más profundo la dignidad humana creada a “imagen y semejanza de Dios” (DA 533).

 
 

Una nueva realidad se basa en relaciones interculturales donde la diversidad no significa amenaza, no justifica jerarquías de poder de unos sobre otros, sino diálogo desde visiones culturales diferentes, de celebración, de interrelación y de reavivamiento de la esperanza (DA 97).

 
 

Los discípulos y misioneros de Cristo promueven una cultura del compartir en todos los niveles en contraposición de la cultura dominante de acumulación egoísta, asumiendo con seriedad la virtud de la pobreza como estilo de vida sobrio para ir al encuentro y ayudar a las necesidades de los hermanos que viven en la indigencia (DA 540).

 
 

Nuestra fidelidad al evangelio nos exige proclamar en todos los areópagos públicos y privados del mundo de hoy, y desde todas las instancias de la vida y misión de la Iglesia, la verdad sobre el ser humano y la dignidad de toda persona humana (DA 390).

 
 

 

 

Para trabajar en grupos:

 
 

* ¿Cuáles son los principales aspectos de la realidad pluricultural?

 

* ¿Cuáles de las realidades presentadas por Aparecida cuestiona más mi vida espiritual y mi praxis pastoral?

 

* ¿A cuáles de ellas pensamos que es más urgente hacer llegar la Buena Noticia de Jesús?

 
 

 

 

Lectio Divina

 
 

1 Cor 9, 16-23

 
 

Ser misionero, dar la Buena Noticia de Jesús a todos, es para Pablo su vocación y su compromiso. Para esto optó por un camino: ¡hacerse todo para todos!

 
 

1. Lectura: ¿Qué dice el texto?

 
 

* ¿Qué problemas enfrenta Pablo en su evangelización?

 

* ¿Cuál es su opción para dar una respuesta a estas realidades?

 

* ¿A qué apunta su opción?

 
 

2. Meditación: ¿Qué me dice el texto?

 
 

* De los problemas que enfrentó Pablo ¿cuáles nos afectan también a nosotros en nuestra praxis misionera?

 

* ¿A qué nos compromete una auténtica encarnación en las distintas culturas y realidades en las cuales el Señor nos pide hacer presente su Buena Noticia?

 

* ¿Qué nos puede motivar y ayudar a vivir una encarnación valiente y gozosa en la realidad de cambios y de interculturalidad en que el Señor nos ha llamado a ser misioneros/as?

 
 

3. Oración: ¿Qué le digo a Dios?

 
 

En diálogo personal nos ponemos a disposición del Espíritu que nos quiere ayudar a ver nuestra realidad con los ojos de amor del Padre Dios.

 
 

Hagamos oraciones espontáneas desde la realidad de cambios y de interculturalidad y desde mi vocación pastoral y carismática.

 
 

4. Contemplación: ¿Cuáles son mis compromisos?

 
 

* ¿Qué voy a hacer para valorar más la realidad pluricultural?