Manifiesto de la IV Encuentro de la Iglesia de los Pobres

Riobamba, 11 de octubre de 2009

Reunidos en la casa de formación de Santa Cruz, Riobamba, en el histórico lugar en el que vive y se revitaliza el profetismo y el compromiso de Monseñor Leonidas Proaño, las mujeres y los hombres que luchamos por hacer honor al legado de Jesús de una iglesia de los pobres, ecuménica y macro-ecuménica, que se reconoce fiel a su misión de construir en la historia una sociedad de vida, justicia y paz; decimos

Al pueblo ecuatoriano

Vivimos tiempos de esperanza y luchamos por no ser defraudados. La tenacidad del pueblo en busca de la justicia viene de lejos. Desde el Jesús caminante y subversivo, desde la resistencia de quinientos años a la opresión colonial, desde las iluminaciones de la Conferencia de Medellín, hace más de cuarenta años, esta iglesia toma partido por la esperanza y por la fe en el pueblo protagonista de su propia liberación. Fieles a ese espíritu animamos a las comunidades, grupos cristianos, creyentes y no creyentes y organizaciones populares, a mantener, articular y fortalecer este proceso histórico.

La Constitución del Sumak Kausai, aprobada en septiembre del año pasado, es una conquista popular producto de esas décadas de lucha. Desde hace mucho tiempo no veíamos un gobierno que hiciera lo que todo gobierno debería hacer: priorizar la inversión en salud, educación y vialidad; visitar los rincones olvidados del pueblo pobre, alzar una voz enérgica de soberanía y reivindicación latinoamericana. Saludamos esas señales de cambio.

Para nosotros la revolución no es un ligero cambio ni un slogan, sino una transformación de las estructuras del capitalismo que llega desde lo más profundo del pueblo hasta los huesos de este sistema de muerte. La revolución que queremos es un proceso realizado por los más pobres, colectiva y organizadamente, que se vuelven sujetos y actores de su propia historia. Como dice el documento de Medellín: “La tarea de educación de estos hermanos nuestros – los marginados de toda clase – no consiste propiamente en incorporarlos a las estructuras culturales que existen en torno de ellos, y que pueden ser también opresoras, sino en algo mucho más profundo. Consiste en capacitarlos para que ellos mismos, como autores de su propio progreso, desarrollen de una manera creativa y original un mundo cultural acorde con su propia riqueza y que sea fruto de sus propios esfuerzos”.

La “revolución ciudadana” de este gobierno no ha favorecido el protagonismo organizado de los pobres. Al contrario, muchas veces, como ahora, desconociendo el proceso histórico de las organizaciones, quiere sustituirlo y actúa como si quisiera destruirlo. Se enfrenta a las organizaciones más grandes y fuertes, como la CONAIE, cerrándose al diálogo y preocupándose mucho más por el principio de autoridad que por la justicia de las reivindicaciones populares. Otras organizaciones importantes, como los gremios de maestros o los sindicatos públicos también son enfrentados como si fueran enemigos. No concibe las demandas del pueblo organizado como un aporte sino como una triste oposición. El mayor peligro es, entonces, que sin el protagonismo del pueblo ningún cambio será duradero y ninguna transformación será verdaderamente profunda. Recordamos al gobierno que no hay revolución sin organización.

 

El decreto 1780, sobre las misiones católicas en la Amazonía, es un ejemplo del desvío al que puede llegar una “revolución” sorda a la voz del pueblo y a las señales de los tiempos. Proaño hizo una profunda revolución con su infinita capacidad de escuchar y confiar en los pobres. “El pueblo es el mandante”. Esa no puede ser una frase vacía sino el contenido mismo de cualquier revolución, si es verdadera. Sin el pueblo organizado, no pasaremos de tenues señales de un pasado que repetimos y de un futuro que solo podremos seguir soñando.