La VISITA de PAPA FRANCISCO:

una gracia y un reto

 

¿Qué espera de nosotros Papa Francisco?

 

Lo que ha vivido, en los días pasados, nuestro Ecuador es de veras un regalo, una gracia de Dios. La presencia de Papa Francisco, sus gestos, sus palabras, su cansancio y, sobre todo, su cercanía, su sonrisa, su alegría… nos han cautivado. Como cantaba una canción de bienvenida al Papa, ¡con él, Cristo ha bendecido a nuestro Ecuador!

Su mensaje – confió a los sacerdotes y religiosas - ha llegado a un pueblo que, consagrado al Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, tiene en sí mismo recursos inéditos para vivir una experiencia de fe y un camino político, abiertos a la esperanza de que es posible un Ecuador distinto.

Desde su llegada nos recordó que podemos encontrar en el Evangelio las claves que nos permitan afrontar los desafíos actuales, valorando las diferencias, fomentando el diálogo y la participación sin exclusiones, para que los logros en progreso y desarrollo que se están consiguiendo garanticen un futuro mejor para todos, poniendo una especial atención en nuestros hermanos más frágiles y en las minorías más vulnerables.

Después de esta visita, si no cambian cosas en nuestra vida personal, en la vida de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestra Iglesia Ecuatoriana y en las tensas relaciones políticas que estamos viviendo… tendríamos que decir que, lastimosamente, hemos “hecho inútil la gracia de Dios que hemos recibido” (2 Cor. 6,1).

Personalmente Papa Francisco nos ha invitado a experimentar la gratuidad del amor tierno y misericordioso de Dios: toda nuestra vida tiene que ir por este camino de la gratuidad, volver todos los días a decir: “Señor, hoy hice esto, me salió bien esto, tuve esta dificultad, todo esto, pero… todo viene de Ti, todo es gratis. Recordarnos que ¡somos objeto de la gratuidad de Dios! Nos dijo que venía a traernos la ternura y la caricia de Dios para iluminar y dar sentido a nuestra vida, aun en los momentos de dolor.

Nos indica como modelo a María que no protagonizó nada. ‘Discipuleó’ toda su vida. La primera discípula de su hijo. Y tenía conciencia de que todo lo que ella había traído era pura gratuidad de Dios. Conciencia de ‘gratuidad’.

Nos ha pedido de no caer en el “Alzheimer espiritual”, de no perder la memoria, sobre todo,  la memoria de dónde nos sacaron… Es muy triste cuando uno ve a un sacerdote, un consagrado, una consagrada… que en su casa hablaba el dialecto o hablaba otra lengua… cuando se olvidan de la lengua, es muy triste cuando no la quieren hablar, eso significa que se olvidaron de dónde los sacaron.

Nos asegura que esta gratuidad y esta memoria, son la fuente del gozo y la alegría que es un regalo de Jesús, es un regalo que Él da, que Él nos da si se lo pedimos. Esta alegría es la que, como Buena Noticia, estamos llamados a contagiar.

A los jóvenes les dice que son los que tienen que hacer lío: ustedes son semilla de transformación de esta sociedad.

Papa Francisco, recordando las bodas de Caná, miró con nosotros la realidad de nuestras familias donde a menudo nuestros adolescentes y jóvenes perciben que en sus casas hace rato que ya no hay de ese vino que es signo de alegría, de amor, de abundancia… donde mujeres solas y entristecidas se preguntan cuándo el amor se fue, cuándo el amor se escurrió de su vida… donde ancianos se sienten dejados fuera de la fiesta de sus familias, arrinconados y ya sin beber del amor cotidiano, de sus hijos, de sus nietos, de sus bisnietos… La carencia de ese vino puede ser también el efecto de la falta de trabajo, de las enfermedades, situaciones problemáticas que nuestras familias en todo el mundo atraviesan.

Nos propone mirar a María que nos enseña a dejar nuestras familias en manos de Dios; nos enseña a rezar, encendiendo la esperanza que nos indica que nuestras preocupaciones también son preocupaciones de Dios. Es la oración que nos ayuda a trascender lo que nos duele, lo que nos agita o lo que nos falta a nosotros mismos y nos ayuda a ponernos en la piel de los otros, a ponernos en sus zapatos.

Y nos abre a la esperanza: esa es la buena noticia: el mejor de los vinos está por ser tomado, lo más lindo, lo más profundo y lo más bello para la familia está por venir. Está por venir el tiempo donde gustamos el amor cotidiano, donde nuestros hijos redescubren el espacio que compartimos, y los mayores están presentes en el gozo de cada día. El mejor de los vinos está en esperanza, está por venir para cada persona que se arriesga al amor. Y en la familia hay que arriesgarse al amor, hay que arriesgarse a amar. Y el mejor de los vinos está por venir, aunque todas las variables y estadísticas digan lo contrario.

Sus palabras y sus gestos sobre todo han abiertos perspectivas de compromiso, de esperanza y de responsabilidad para el camino de nuestras comunidades eclesiales, de nuestra Iglesia ecuatoriana.

Comunidades e Iglesia valientemente “en salida” hacia las periferias existenciales de nuestra realidad, amorosamente identificadas con las personas excluidas, las personas al margen del camino… que son una realidad y la respuesta a esta realidad está en el corazón del Evangelio

No nos pide de hacer proselitismo, ¡el proselitismo es una caricatura de la evangelización! Nos pide atraer con nuestro testimonio a los alejados, acercarnos humildemente a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia. Con ellos compartir la necesidad de luchar por la inclusión a todos los niveles, evitando egoísmos, promoviendo la comunicación y el diálogo, incentivando la colaboración.

Qué lindo sería que todos pudieran admirar cómo nos cuidamos, cómo mutuamente nos damos aliento y cómo nos acompañamos. El don de sí es el que establece la relación interpersonal que no se genera dando «cosas», sino dándose a sí mismo. En cualquier donación se ofrece la propia persona. «Darse», significa dejar actuar en sí mismo toda la potencia del amor que es Espíritu de Dios y así dar paso a su  fuerza creadora.

Iglesia y comunidades, las que nos propone el Papa, con agentes de pastoral que saben dar gratis lo que han recibido gratis, que tienen que ser signos del amor y de la misericordia del Padre Dios, que con su alegría contagien a nuestro mundo, que a veces parece haber perdido la esperanza.

Agentes de pastoral, consagrados/as, que, en el encuentro con Jesús y con los pobres, alimentan su capacidad de entrega y de servicio gratuito y amoroso: quien va por el camino del servir tiene que dejarse hartar sin perder la paciencia porque está al servicio, ningún momento le pertenece.

Nos ha desafiado también a soñar y luchar por un Ecuador distinto, nuevo, un Ecuador donde todos se sientan “en su casa”, donde las diferencias se vuelvan un reto para construir unidad en la diversidad. Nuestro país gana cuando cada persona, cada grupo social, se siente verdaderamente de casa, una casa donde nadie se sienta excluido, donde todos/as puedan experimentar la alegría de una vida digna y feliz. Y nos pone un desafío: Si pudiéramos lograr ver al oponente político o al vecino de casa con los mismos ojos que a los hijos, esposas, o esposos, padres o madres, qué bueno sería.

En esta perspectiva nos invita a pensar en nuestro Ecuador a la luz de los valores sociales que mamamos en casa, en la familia: la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad.

Nos recuerda que la gratuidad es requisito necesario para la justicia. Lo que somos y tenemos nos ha sido confiado para ponerlo al servicio de los demás: gratis lo recibimos, gratis lo damos. Los bienes están destinados a todos, y aunque uno ostente su propiedad, que es lícito, pesa sobre ellos una hipoteca social, siempre: justicia social, es la que defiende el derecho fundamental de la persona a una vida digna.

La solidaridad no consiste únicamente en dar al necesitado, sino en ser responsables los unos de los otros: si vemos en el otro a un hermano, nadie puede quedar excluido, nadie puede quedar apartado.

En esta perspectiva nos invita a pensar seriamente que no sólo estamos invitados a ser parte de la naturaleza, nuestra casa común, cultivándola, haciéndola crecer, desarrollándola, sino que estamos también invitados también a cuidarla, protegerla, custodiarla. Hoy esta invitación se nos impone a la fuerza. Ya no como una mera recomendación, sino como una exigencia que nace por el daño que provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en la tierra.

La Subsidiariedad nos lleva a asumir que nuestra opción no es necesariamente la única legítima, y esto es un sano ejercicio de humildad. Al reconocer lo bueno que hay en los demás, incluso con sus limitaciones, vemos la riqueza que entraña la diversidad y el valor de la complementariedad.

Nos invita a reflexionar que el diálogo es necesario, es fundamental para llegar a la verdad, que no puede ser impuesta, sino buscada con sinceridad y espíritu crítico. En una democracia participativa, cada una de las fuerzas sociales, son protagonistas imprescindibles en ese diálogo, no son espectadores

Con el Papa Francisco compartamos su oración y su sueño para nuestro Ecuador:

Su oración: que el Señor conceda a Ecuador ser siempre ese ámbito adecuado donde se viva en casa, donde se vivan los valores de la gratuidad, de la solidaridad y de la subsidiariedad.

Su sueño: que nunca pierdan la capacidad de dar gracias a Dios por lo que hizo y hace por ustedes, la capacidad de proteger lo pequeño y lo sencillo, de cuidar de sus niños y ancianos – que son la memoria de su pueblo -, de confiar en la juventud, y de maravillarse por la nobleza de su gente y la belleza singular de su país.

 

P. Gigi Ricchiardi sdb